Ansia
En una silla muy cálida, en un día de primavera, movía lentamente mi pierna para calmar mis ansias, dentro de mi cabeza imágenes distintas, inimaginables, colores fluorescentes, mágicos un viaje soberbio que muy levemente me lleva a despegar los pies de la tierra, que por cierto gira.
Voces inocentes, ¡ja!, que me ensordecen, me enojan, me enervan, alguien moviendo su boca se acerca pidiéndome algo a lo que sin escuchar contestó que sí, tal vez hice mal tal vez bien, quien podría saberlo.
¿Algún día pensaste en lo más refrescante, relajante y motivante? , pues yo lo pensaba y nada haría ahora para obtenerlo, me dejaba llevar para entonces sentir el triunfo más grande con más fervor.
¿Ayuda? , nadie la ofrecería al no saber lo que pasaba dentro de mí, tampoco lo pediría pues en el sufrimiento radicaba el sutil placer al que no quería renunciar.
Si contar en regresión funcionara seguramente lo haría, pero prefería observar a mis semejantes para sonreír en mi horror.
Al salir de ahí me aseguré de que en un tiempo considerable no tendría lugar para remediar mi situación, la locura había quizá devorado parte de mi cerebro y ahora nada me lo devolvería, si te preguntas por qué no dejaba a un lado el breve sufrimiento, pues la respuesta es simple, no lo quería.
Hacía tiempo en que la comodidad y el bienestar eran mis pasatiempos favoritos, la verdad me había aburrido después de tanto tiempo de disfrutarlos, es claro que nada he hallado más efervescente en mis entrañas, que este extraño placer.
Abordé el convoy que me llevara a otro lugar, la hora de comer para la mayoría de la población trabajadora, nula la presencia de los infantes, apretados los viajantes uno contra otro, sudor, miradas, manos, brazos, cabelleras, respiración, suspiros, vellos, zapatos, un techo muy bajo con el aire acondicionado funcionando a medias agradeceremos a los más altos por obstruir su paso, no es su culpa, es su gozo, aire fresco en la cabeza espléndido.
Mi pierna no dejaba de moverse, de apretarse con su gemela, era aterrador, nadie se movía, estaciones, gente, más gente, segundos, minutos, olores encantadores, encuentros desencantados de cuerpos apresurados con pensamientos individuales dentro de esta caja compacta en relación al universo.
Ojos disparaban su mirada hacía a mí cuando abandoné el tren, mis pasos presurosos me llevaron a los escalones interminables tras recibir la señal de que los eléctricos no funcionaban afortunadamente para mi ansia, para mi desesperación, para mis ganas, ganas de caminar, el sudor refrescaba mi mente, mis manos generalmente secas, me sorprendían con humedad única, la derecha dentro de mi bolsillo, pegajosa, la imaginaba rosada, tibia y desesperada; la izquierda libre en movimientos, ayudaba a mi equilibrio, me sostenía del sucio pasamanos, guiaba los pasos a tomar por la pierna derecha, saludable al viento, fría pero igual en humedad.
En mi cabeza el único pensamiento frecuente, recurrente, llegar al lugar donde poder descansar, relajar mis músculos y liberar un poco de carga en mí.
Los pasos veloces me conducían, los nervios voraces presentes a cada segundo me gritaban imprudentes desde dentro, vértigo, emoción, no podía más. Sentía humedad en todo el cuerpo, procuré revisar que todo estuviera perfecto pues en cualquier instante mis deseos podían traicionarme. Más rápido, deliciosamente tragaba segundos para llegar a la meta, mi respiración profunda y pausada, siguiendo las enseñanzas del yoga, respirar es renacer según yo, según quién. El olor a miedo de perder la resistencia en un paso, fuera de tiempo, resignación ante los interminables escalones, mirada que reta a la distancia de mi lugar.
Cerca, gente lejos, a un lado, mirando, platicando, fumando tratando de perder minutos de vida, bebiendo, esperando, sonriendo, llorando en silencio, mis pasos al ritmo del reloj, mi cabeza girando, mis ojos atentos, de pronto un anuncio del paraíso, entrada tantos pesos, ¿tendría valor la salida?, pagaría más por salir que por entrar, situándome en un estado de placer, pequeño placer, después de tal acto, la felicidad impresionante, imprescindible.
Pagué, sin vergüenza, con la cabeza muy en alto, dichoso aparato humano, presto, listo a iniciar su función delicadamente otorgada por el Supremo, naturaleza, grandiosa naturaleza. Dirigí mis pasos al cubículo del fondo, cabinas individuales, especialmente diseñadas.
-¿de pie o en cuclillas?- preguntó mi cabeza
Decidí por mi cuenta, flexionar las rodillas, apoyar las manos libres en los muslos y poco a poco dejar fluir el agua, la micción, desecho de la vejiga; sonreí, volé, cerré los ojos, bendije, confirmé, lo hice, lo sé. Me sentí en el trono de mi imperio, valió la pena esperar, enfrentar el trayecto, afrontar el desperfecto.
Lo haré otra vez.
GOJZ
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